miércoles, 6 de febrero de 2008

Constitución: une o divide

Marco Rascón
marcorascon@alcubo.com

México es hoy un país débil. País resquebrajado, dividido; vendaval sin rumbo; mercado desordenado; riquezas vilipendiadas; injusto, polarizado, corrompido, empobrecido; sin prioridades, sin memoria, sin soluciones; sonorizado con discursos mediocres, sin historia, dominado por la cultura del nuevo rico, regocijado en el fracaso, con instituciones de papel; faccioso, regido por un directorio de 32 virreyes; gobernado con base en pactos; sin diplomacia, enemistado con el sur histórico y viendo al norte que nos desprecia; ilegal, narcodominado, discrecional, cómplice; sometido al pensamiento religioso de obispos y cardenales gángsteres y pederastas; con partidos políticos convertidos en empresas; con empresas convertidas en falanges políticas; con grandes monopolios económicos que no pagan al fisco; con miles de pequeñas y medianas empresas que sostienen la hacienda pública; con una filantropía que sustituye la política social, basada en la moral del deducible fiscal; con medios de comunicación que educan y desinforman produciendo basura; sin debate nacional, sin izquierda ni pensamiento progresista; país fraudulento, simulador; con cadáveres decapitados en las calles; con soldados disparando al aire a un enemigo que es como Dios: nadie lo ve, pero está en todas partes.

Regido por una Constitución republicana, federalista, creada en 1857 (dos años después de fundada la cantina El Nivel, 2 de febrero de 1855, según consta y, por tanto, es una institución entre el centenario de la Independencia y el inicio de la Revolución), fue convertido por diversas razones internas y externas en una república férreamente centralizada. La visión democrática cedió en todo momento al autoritarismo y éste sirvió para crear oligarquías que hicieron del desarrollo nacional su propio negocio.

Porfirio Díaz hizo de la Constitución federal una dictadura constitucional. Vino una revolución para reformar y hacer que hubiera alternancia de personas, pero no de partido e intereses que se crearon y transformaron sin destruirse a lo largo de más de 70 años. La Constitución, venerada y violada, sirvió para legalizar y unificar las decisiones de los tres poderes de la unión, bajo el mando del presidente de la República.

Paradójicamente el presidente, a manera de príncipe, sometiendo a los poderes Legislativo y Judicial, mantuvo la existencia de las fronteras y a su modo impuso su versión de soberanía.

Vinieron los aires del neoliberalismo económico y, al entrar en crisis las fronteras de los débiles (las de los países fuertes se fortalecieron más), nuestra soberanía, nuestro concepto de nación y nuestra frontera norte se hicieron polvo. Dejamos de ver hacia el sur latinoamericano y creímos salvarnos integrándonos al norte.

La nueva oligarquía creada con la privatización de las empresas del Estado, que anteriormente fue caracterizado como un “capitalismo monopolista de Estado”, se privatizó y nacieron protegidos los monopolios que ahora son el orgullo nacional y nos hace competir por la medalla de oro de tener a los hombres más ricos del planeta. Hoy nos han hecho creer que los intereses privados y monopólicos son la base de nuestra Constitución y el proteccionismo privado, como la soberanía de todos los mexicanos.

La cosecha ha sido un país incrédulo de todo, decepcionado de la política y más de los políticos, regido por tres poderes que se arrebatan la palabra.

En 15 años, somos de nuevo un país errante que lanzó fuera del territorio a los más alegres, los optimistas, los emprendedores, los valientes, los progresistas. Los que nos quedamos perdimos la memoria y, luego de 15 años, descubrimos que había tratado de libre comercio, que ya no producíamos ni comíamos maíz como antes y que ya no teníamos país.

Bajo la actual Constitución, que hoy se celebra, el país está no sólo náufrago, sino también dividido: unos quieren remar sin rumbo y otros regresarse; unos se tiran al agua y otros los quieren usar como flotador para salvarse; unos lanzan pedazos de cañón como salvavidas y así, empatados en fuerzas, el país camina a la deriva.

Si para definir a la nación requerimos una Constitución inspirada por el acuerdo mayoritario, hoy no la tenemos y, por tanto, la nación mexicana está a la deriva entre los mares del mundo.

No hay acuerdo constitucional sobre lo que debe administrar el Estado y lo que domina el Estado. No hay acuerdo sobre cómo organizar el gobierno. No hay acuerdo entre el poder federal y los poderes estatales que se quedaron con la herencia del viejo presidencialismo dividido en 32 partes. No hay acuerdo sobre cómo impartir la justicia. No hay acuerdo sobre cómo organizar las elecciones para nombrar gobernantes y representantes. No hay acuerdo ni doctrina nacional para relacionarnos con el exterior. No hay acuerdo educativo. No hay acuerdo sobre el papel de los sindicatos y los gremios. No hay acuerdo sobre cómo producir, cómo recaudar y cómo distribuir.

La Constitución sólo une a todos en contra de ella.

Tomado de: La Jornada 05/02/2008
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